Capítulo 6

Mientras Charlotte y Caroline se ocupaban del caso Blaine/Godman y del peligro para Tamar Macaulay y Joshua Fielding, Pitt estaba sentado en el ómnibus centrando su atención en la muerte del juez Stafford. Ignoraba si el asesinato de Farrier’s Lane había sido la causa o si la conexión era accidental —mera casualidad que Stafford hubiera estado investigándolo el día en que murió— y de todo punto engañosa. No cabía duda de que si tenía alguna prueba que justificara la reapertura del caso se lo habría comentado a otros, a la policía, a sus colegas… o al menos habría dejado notas.

El revisor se abrió camino entre los asientos y la multitud de pasajeros y les tomó el dinero, perdiendo el equilibrio cuando el vehículo se detenía y arrancaba.

Un hombre grueso tosió en un pañuelo rojo y pidió disculpas a nadie en particular.

La mayoría de los asesinatos eran trágicamente sencillos y sus protagonistas eran las pasiones de las relaciones íntimas —amor, celos, codicia, miedo— o las reacciones del ladrón pillado en flagrante.

Lo mejor era empezar por el propio crimen y, por el momento, pasar por alto el móvil. Alguien había echado opio en la petaca de whisky de Stafford después de que él y Livesey bebieran de ella en el despacho de este último. Más tarde el juez había visto a Joshua Fielding, Tamar Macaulay, Devlin O'Neil y Adolphus Pryce, cualquiera de los cuales podría haber tocado la petaca antes de la noche, cuando Stafford acudió al teatro, bebió de ella y, a continuación, entró en coma y falleció. Las únicas personas que tuvieron esa oportunidad fueron aquellos a quienes vio y su esposa, Juniper Stafford. Tomar en consideración a los empleados de su despacho o a la servidumbre de su casa parecía absurdo. No existía el menor motivo para suponer tal cosa.

El ómnibus se había detenido de nuevo tras un gran carromato cargado de cerveza. El tráfico avanzaba lentamente por una pendiente, los caballos se esforzaban, se impacientaban. Delante, en alguna parte, se habían roto los arreos de un carruaje. Los lacayos trajinaban echando pestes. Un vendedor ambulante gritaba. Alguien estaba haciendo sonar una campanilla y un dálmata ladraba histérico. Todo el mundo tenía frío y andaba falto de paciencia.

—Está peor cada día —dijo enfadado el hombre que estaba junto a Pitt—. Dentro de un par de años no habrá quien se mueva. Londres será una gran aglomeración de carros y carruajes, y ni un alma podrá dar un paso. Deberían retirar la mitad de esos chismes. Prohibirlos.

—¿Y dónde los pondría? —intervino el hombre de enfrente, el rostro iracundo—. Tienen tanto derecho a circular como usted.

—En las vías férreas —contestó el primero enderezándose la corbata de un pellizco—. En los canales. ¿Qué tiene de malo el río? Mire esa maldita carga de ahí. —Agitó la mano señalando la ventana justo cuando pasaba un carro cargado de cajas y pacas de seis metros de altura—. ¡Vergonzoso! Habría que enviarla río arriba en una barcaza.

—Quizá no vaya a ningún sitio que esté cerca del río —aventuró el segundo.

—¡Pues debería! ¡Mire qué tamaño!

El ómnibus se puso en movimiento con una sacudida y reanudó su lento avance, y la conversación terminó. Pitt volvió a centrarse en el caso. Dejó a un lado el móvil por el momento. La oportunidad era obvia. ¿Y qué había de los medios? Nunca había tenido ocasión de investigar la disponibilidad de opio. Al igual que cualquier otro policía, sabía que había fumaderos en determinadas partes de Londres donde los adictos a dicha sustancia podían obtenerla y, a continuación, yacer en hileras de estrechos camastros y fumar hasta sumirse en su efímero olvido particular. Naturalmente, también sabía algo sobre las guerras del opio contra China, acaecidas entre 1839 y 1842, y luego, de nuevo, entre 1856 y 1860. Comenzaron debido a la tentativa china de adoptar medidas contra los comerciantes británicos que estaban dentro del negocio del opio. Era una página negra de la historia británica, mas Pitt desconocía qué relación guardaba con la actual disponibilidad de la droga para los londinenses de a pie, salvo que al parecer los comerciantes de opio, con el respaldo de la poderosa potencia naval del Imperio, habían ganado la batalla.

Tal vez lo mejor fuera tratar de adquirir opio él mismo y ver cómo le iba. Dejaría la visita al juez Livesey para más tarde. El ómnibus se había vuelto a detener debido al tráfico, de modo que se puso en pie, pidió disculpas y se abrió paso a duras penas entre los pasajeros sentados a ambos lados del pasillo, intentando no pisarlos. Se apeó entre refunfuños por el retraso, ruidos, torpeza y gente que no sabía adonde iba, y esquivó un landó conducido por un cochero malhumorado. Salvó de un salto un montón de estiércol humeante y un desagüe rebosante, y recorrió a grandes zancadas la acera hasta avistar una botica.

Halló una a poco menos de un kilómetro, pero era pequeña y sombría, y cuando entró de poco le sirvieron la joven sola tras el mostrador y los montones de tarros y paquetes que hacían equilibrio en él. La dependienta le ofreció unos polvos para el dolor de muelas —le recomendó un dentista incluso— y otros tantos remedios patentados para dolores varios, pero no parecía saber dónde podía encontrar opio. Tenía una mezcla adecuada para acallar el llanto de los niños y hacerlos dormir que, en su opinión, podría contener opio, pero no estaba segura, ya que los ingredientes no constaban en el frasco.

Pitt le dio las gracias, rechazó el producto y salió dispuesto a reanudar su búsqueda. Caminaba con tanto vigor como le permitían los remolinos de gente que compraba, vendía, hacía recados y chismorreaba en la acera y en medio de la calzada peleándose con el tráfico, gritándose unos a otros entre el chacoloteo de los cascos y el triquitraque de las ruedas, el tintineo de los arreos y los relinchos de los caballos.

La segunda botica que encontró era un establecimiento mucho mayor, y cuando entró los mostradores estaban libres, las estanterías a sus espaldas repletas de una maravillosa colección de frascos de colores llenos de toda suerte de líquidos, cristales, hojas secas y polvos, todos ellos etiquetados con sus nombres químicos en latín. Otra estantería estaba abarrotada de paquetes y, de cuando en cuando, se intercalaban armarios, las puertas ostentosamente cerradas con llave. El hombre al frente de este paraíso del alquimista era bajo, calvo, los anteojos apoyados en mitad de la nariz y una expresión general de interés dibujada en el rostro.

—¿Sí, señor? ¿Qué puedo hacer por usted? —preguntó tan pronto como hubo entrado Pitt—. ¿Es para usted, señor, o para su familia? Usted es padre de familia, ¿no es así?

—Sí —respondió el inspector sonriendo sin saber por qué, salvo que le agradaba que lo consideraran parte de una familia. Sin embargo, admitirlo alteraba un tanto lo que pretendía decir sobre el opio.

—Lo suponía —continuó el boticario con satisfacción—. Presumo de poder juzgar a un hombre bastante bien por su apariencia. Le ruego disculpe mi familiaridad, señor, pero se precisa una buena esposa para volver un cuello de camisa de ese modo.

—Oh. —Pitt no sabía que alguien pudiera percatarse de que el cuello y los puños de su camisa habían sido dados la vuelta para que las partes desgastadas quedaran en el interior a fin de prolongar la vida de la prenda. Se llevó la mano al cuello maquinalmente y se dio cuenta de que llevaba la corbata torcida, con lo que quedaba a la vista la impecable labor de Charlotte. Se la enderezó un tanto ruborizado.

—Y bien, señor, ¿qué puedo hacer por usted? —inquirió el boticario con tono jovial.

Ahora carecía de sentido faltar a la verdad. Sería un insulto para el hombrecillo con ojos de lince andarse con tejemanejes, y probablemente le pescaría si mintiera.

—Soy policía —explicó Pitt mostrándole su identificación.

—¿De veras? —preguntó el boticario con interés. No había rastro de nerviosismo en su franco rostro.

—Me gustaría saber algo más sobre la disponibilidad de opio —indicó Pitt—. No para fumar, eso ya lo sé. Estoy investigando su forma líquida. ¿Podría darme alguna información?

—Dios santo, señor, naturalmente que puedo. —El boticario parecía sorprendido—. Es fácil de conseguir. Las madres lo utilizan para tranquilizar a los niños traviesos. Las pobrecillas necesitan dormir y dan a la criatura lo suficiente para evitar que se pase media noche llorando y tenga a toda la casa en vela. —Señaló una hilera de frascos en uno de los estantes que había tras él—. Cordial de Godfrey, se vende muy bien. Hecho a base de melaza, agua, especias… y opio. Va muy bien, eso dicen. Luego están los polvos de Steedman. Y es muy popular el reconstituyente infantil Atkinson's Royal. —Meneó la cabeza—. No sé si es el nombre o la mezcla, pero a la gente le gusta. Por supuesto que en East Anglia y en Fens puede comprar opio en barritas de penique o en pastillas casi en cualquier tienda.

—¿Legalmente? —preguntó Pitt con sorpresa.

—¡Por supuesto! Recomendado para toda clase de dolencias. —El boticario se puso a contar con los dedos—. Reumatismo, diabetes, tisis, sífilis, cólera, diarrea, estreñimiento o insomnio.

—¿Y funciona? —inquirió Pitt, incrédulo.

—Calma el dolor —contestó el boticario con tristeza—. No cura, pero cuando alguien está sufriendo es algo. Yo no lo apruebo, pero no negaría a un enfermo un poco de alivio… sobre todo si no hay remedio para su sufrimiento. Y Dios sabe que hay bastantes de esos. Nadie se cura de la tisis o el cólera… ni de la sífilis, aunque tarda más en acabar con uno.

—¿Acaso el opio no mata?

—A los bebés sí, es lo más probable. —El boticario se sonrojó y sus ojos reflejaron fatiga—. No el opio en sí, ¿comprende? Terminan pasando casi todo el tiempo dormidos y no comen, pobrecitos. Mueren de inanición.

Pitt experimentó una repentina náusea. Pensó en Jemima y en Daniel, recordó que una vez fueron criaturas diminutas, terriblemente indefensas, con tanta vida, y sintió un nudo en la garganta y un dolor tal que no fue capaz de decir nada.

El boticario lo miraba con pesar, el rostro compungido.

—No tiene sentido perseguirlas —murmuró—. No conocen otra cosa. La mayoría son mujeres enfermizas, que trabajan hasta la extenuación y ya no saben qué hacer. Tienen un hijo cada año, contando los que se malogran… no hay forma de detenerlo, salvo diciendo a sus esposos que no… si es que aceptan un no por respuesta. ¿Y qué hombre lo acepta? Apenas les quedan placeres, y consideran que ese les corresponde por derecho. —Meneó la cabeza—. No hay suficiente comida, ni suficiente espacio, ni suficiente de nada, pobres diablos.

—No tenía intención de perseguirlas —señaló Pitt tragando saliva con dificultad—. Estoy buscando a alguien que envenenó a un hombre adulto echándole opio en el whisky.

—¿Alguna pobre mujer que ya no aguantaba más? —aventuró el boticario mordiéndose el labio y mirando a Pitt como si ya conociera la respuesta.

—No —contestó el inspector con un tono más alto de lo que pretendía—. Una mujer que ya no está en edad de tener hijos, y un esposo perfectamente juicioso. Ella tenía un amante…

—Oh… oh, cielos. —El boticario se quedó de una pieza. Meneó la cabeza lentamente—. Oh, cielos. ¿Y usted quiere saber si ella podría haber conseguido el opio con el que lo envenenaron? Me temo que sí. Cualquiera podría obtenerlo. No es en absoluto difícil, y tampoco es preciso dar el nombre para comprarlo. Tendrá mucha suerte si encuentra a alguien que recuerde habérselo vendido… a ella o a su amante, en caso de que sea él el culpable.

—O a cualquier otro, imagino —agregó Pitt con preocupación.

—Oh, cielos… ¿había otros que no querían bien a ese pobre hombre?

—Es posible. Era un hombre con grandes conocimientos y autoridad. —Dado que había expresado sus sospechas acerca de la viuda y de sus asuntos íntimos, decidió no nombrar al juez Stafford. Si se trataba de Juniper, pronto sería del dominio público, y si no era así, ya tenía ella bastantes penas tal como estaban las cosas.

El boticario movió la cabeza apesadumbrado.

—Una sustancia peligrosa, el opio. Una vez que se empieza, apenas si se puede parar, y son pocos los que consiguen vivir sin dosis cada vez mayores. —Un atisbo de ira asomó a sus rasgos dulces, inteligentes—. Durante la guerra civil de Estados Unidos médicos insensatos se lo dieron a sus pacientes creyendo que resultaría menos adictivo que el éter o el cloroformo, en particular si se administraba por medio del nuevo invento, la jeringuilla hipodérmica, en vena en lugar de a través del estómago. Huelga decir que estaban en un error. Y ahora tienen a cuatrocientos mil pobres diablos esclavizados. —Suspiró—. Esa es una guerra en la que ganamos tanto como perdimos, creo. Tal vez perdiéramos más.

—¿La guerra civil estadounidense? —Pitt estaba confuso.

—No, señor, la guerra del opio contra China. Quizá no me he expresado bien.

—No lo ha hecho, no —afirmó Pitt con amabilidad—, pero tiene toda la razón. Gracias por su ayuda.

—No hay de qué. Lamento que no le sirva de mucho. Me temo que cualquiera que tuviera unos cuantos peniques pudo adquirir suficientes barritas de opio, disolverlas y echarlas en la bebida del pobre hombre, y no quedaría constancia alguna, y tampoco habría nada ilegal en su compra. —Le dirigió una mirada desalentadora—. Podría pasarse un año recorriendo todas las boticas y las tiendas en cincuenta kilómetros a la redonda… o más lejos aún, si la dama de la que sospecha dispone de los medios y de la ocasión para viajar. Como le he dicho, el opio se puede adquirir fácilmente en todo East Anglia y Fens, a tan solo ciento cincuenta kilómetros de Londres.

—En ese caso me veré obligado a recurrir a otros medios para averiguar la verdad —señaló Pitt—. Gracias y buenos días.

—Buenos días, señor, y que tenga suerte en su búsqueda.

Pitt no consiguió concertar una cita con el juez Ignatius Livesey hasta media tarde, cuando lo hicieron pasar a su despacho. Comenzaba a refrescar y agradeció la calidez de la estancia, con el fuego bien alimentado y las suntuosas alfombras, las cortinas de terciopelo ricamente drapeadas que la aislaban del mundo exterior, la ornada repisa de la chimenea que hablaba de solidaridad, los libros encuadernados en piel, las figuras de bronce y los platos de porcelana de Meissen que añadían un toque de elegancia y lujo.

—Buenas tardes, Pitt —saludó Livesey cortésmente—. ¿Cómo le va en el asunto de la muerte del pobre Stafford?

—Buenas tardes, señor —saludó Pitt a su vez—. No muy bien hasta la fecha. Al parecer cualquiera puede conseguir opio por unos pocos peniques. A decir verdad, lo compra mucho la gente más pobre, según me han informado, para calmar a los niños insomnes y tratar dolencias extremadamente diversas, en ocasiones incluso contradictorias.

—¿Es cierto eso? —Livesey enarcó las cejas—. Qué tragedia. La sanidad pública es uno de nuestros mayores problemas, junto con la ignorancia y la pobreza. ¿De modo que su empeño por averiguar de dónde provenía el opio ha resultado poco fructífero?

—Nada fructífero —corrigió Pitt.

—Por favor, siéntese, póngase cómodo —invitó Livesey—. Fuera hace frío, al menos eso me ha dicho mi secretario. Es un poco pronto, pero ¿le gustaría tomar una taza de té?

—Sí, mucho —aceptó el inspector mientras se sentaba en una gran butaca dé piel frente a Livesey, que estaba en su escritorio.

Livesey hizo sonar una campanilla que había en la pared, a su lado, y poco después apareció un empleado que preguntó qué deseaba. El juez pidió té para dos, a continuación se reclinó en su asiento y miró a Pitt con curiosidad.

—¿Qué le trae por aquí de nuevo, señor Pitt? Agradezco su cortesía al hacerme partícipe de sus progresos, o de la ausencia de ellos, pero supongo que no ha venido por eso.

—Me gustaría que me contara todo cuanto recuerde de la noche en que murió el juez Stafford. Desde el momento en que lo vio en el teatro.

—Por supuesto, aunque no estoy seguro de que vaya a ser de utilidad. —Livesey se arrellanó en el sillón y descansó las manos en el estómago; su poderoso rostro tranquilo—. Llegué al teatro unos veinte minutos antes de que diera comienzo la función. Estaba abarrotado, naturalmente. Esos lugares suelen estarlo si la obra es buena, y esta era muy popular y contaba con un reparto excelente. —Sonrió con una expresión de indulgencia y de ligerísimo desprecio—. Huelga decir que allí estaban las prostitutas de costumbre, de una u otra clase, exhibiéndose en la platea y en la galería, en la parte de atrás, ataviadas con un magnífico despliegue de colores. Espléndidas, a cierta distancia. Y los hombres se las comían con los ojos, muchos de ellos iban aún más lejos. De todos modos eso es bastante habitual, y no cabe duda de que ya lo habrá observado usted mismo.

El empleado volvió con una bandeja en la que había una tetera y una jarrita de leche, ambas de plata, un azucarero con pinzas, dos tazas y dos platos de porcelana, un cuenco y un colador de plata. Los mangos de las dos cucharillas de plata tenían incrustaciones de nácar. Livesey le dio las gracias distraídamente y, tan pronto como se hubo marchado, cerrando la puerta en silencio tras de sí, sirvió té para ambos.

—Vi a un par de conocidos —prosiguió Livesey mirando a Pitt con aire divertido—. Creo que saludé a alguno de lejos, luego me dirigí a mi palco. Con frecuencia tengo invitados, pero en esta ocasión mi esposa no pudo asistir y yo no había invitado a nadie. Estaba solo, lo cual, supongo, fue uno de los motivos por los que me planteé unirme a Stafford en el entreacto. Sin embargo, nos limitamos a intercambiar las cortesías de rigor y lo dejé solo. —Bebió el té con distraído placer. Era Earl Grey, delicado y costoso.

—Y eso ¿por qué? —Pitt se incorporó ligeramente.

—Stafford fue al saloncito de fumadores —explicó Livesey meneando un tanto la cabeza y sonriendo—. Un lugar muy público, señor Pitt. El sitio al que los caballeros pueden retirarse juntos para fumar, si lo desean, o para escapar de la compañía femenina por unos minutos, y posiblemente para cuchichear o despachar algún asuntillo si lo estiman apropiado. Había muchísima gente, parte de la cual yo encontraba aburrida, y no quería estropear mi velada. Eché un vistazo, pero no me quedé.

—¿Vio si el señor Pryce estaba allí?

El rostro de Livesey se ensombreció.

—Sé por dónde va, señor Pitt. Es lamentable, pero me temo que inevitable para un hombre juicioso. Sí, estaba allí y habló con Stafford. Eso es todo cuanto vi. No puedo decir si tuvo oportunidad de tocar la petaca. —Sus ojos serenos no se apartaban del rostro del inspector—. No vi a Stafford beber de ella. Dudo mucho que la sacara durante el entreacto. Creo que es más probable que bebiera de ella discretamente, en la oscuridad y la intimidad de su propio palco. Eso es lo que yo haría, en lugar de dejar que me vieran beber de mi propia petaca en un lugar público en el que pueden comprarse refrescos de todo tipo. —Contempló a Pitt con una sonrisa pesarosa; un comentario sobre la debilidad de un hombre no muy distinto de él mismo y por el que ahora sentía cierta compasión—. ¿Comprende?

—Sí —admitió Pitt, antes de tomar un sorbo de té. Tenía perfecto sentido. Él nunca había gastado petaca (era una idea peregrina), pero si lo hubiese hecho habría bebido discretamente, en la intimidad de un palco del teatro, no en un espacio público, en el saloncito de fumadores—. ¿Qué aspecto tenía?

—Pensativo —respondió Livesey tras pararse a pensar un momento, como si reviviera un recuerdo. Frunció el entrecejo—. Un tanto preocupado. Creo que Pryce diría lo mismo, si estaba en situación de advertirlo.

Pitt vaciló, sopesando si debía mostrarse oscuro o directo; optó por la franqueza.

—¿Cree que podría haber envenenado a Stafford?

Livesey inspiró profundamente y soltó el aire poco a poco.

—Lamento decirlo, pero es una posibilidad nada desdeñable —contestó mirando a su interlocutor con los ojos entornados—. No cabe duda de que alguien lo hizo, ¿no es cierto? —Tomó otro sorbo de té.

—Sí, no cabe duda… al menos no una duda razonable —aseveró Pitt—. Ningún hombre tomaría esa dosis para calmar un dolor o tratar una enfermedad, y tampoco para evadirse de las adversidades y las decepciones de la realidad. Y nadie tomaría opio por accidente. —Bebió un traguito de té, no del todo seguro de si le gustaba. Las gruesas cortinas amortiguaban los ruidos de la calle. Oía el tictac del reloj de la librería—. La única alternativa es el suicidio —continuó—. ¿Se le ocurre algún motivo por el cual el juez Stafford pudiera quitarse la vida, en un lugar público, en su palco del teatro, sin dejar nota alguna y causando semejante consternación a su esposa? Sería insólito hacer algo así… incluso suponiendo que lo deseara.

—Por supuesto —convino Livesey haciendo una mueca—. Lo siento. Estaba tratando de evitar lo inevitable. Por supuesto que fue asesinado, y agradezco enormemente que no sea cometido mío averiguar quién lo hizo, si bien puede estar seguro de que haré todo cuanto esté en mi mano para ayudarle. —Desplazó un tanto el peso en su asiento, entrelazó las manos y miró a Pitt—. No, el aspecto de Samuel Stafford me pareció normal. Se mostró educado, pero distante. Así era habitualmente. —Apretó los labios—. No noté nada extraño en él, sin duda ni rastro de tensión ni sensación de desastre inminente. No creo que temiera la muerte, ni que la esperara, y menos aún que la planeara.

—¿Y no lo vio beber de la petaca?

—No. Pero, como he dicho, no me quedé en el saloncito de fumadores.

—Señor Livesey, ¿tiene idea de si el señor Stafford estaba al tanto de la relación de su esposa con el señor Pryce o de si sospechaba algo?

—Ah. —El rostro de Livesey se ensombreció y su expresión reflejó tristeza y desagrado—. Esa es una cuestión mucho más peliaguda. Y es natural que usted me pregunte si tener conocimiento de una cosa así lo haría desesperar lo bastante como para quitarse la vida.

No puedo responder a la primera pregunta; a veces el conocimiento es algo muy sutil, señor Pitt, no es cuestión de sí o no. —Miró a Pitt atentamente, como si sopesara su percepción—. Hay diversos agrados de conocimiento —prosiguió, la dicción precisa, la elección de las palabras exacta—. Resulta indiscutible que sabía que su esposa se mostraba a todas luces fría con él. Ese sentimiento en su relación era mutuo. Conservaba cierta estima por ella, cierto respeto que se había convertido en un hábito con los años, pero ya no estaba enamorado de ella… si es que alguna vez lo estuvo. —Respiró hondo—. Exigía que ella se comportara con decoro y desempeñara el papel de esposa de un juez que la sociedad esperaba de ella, y por lo que yo sé así lo hacía. —Frunció aún más el entrecejo de su imponente rostro. Saltaba a la vista que el tema le resultaba desagradable, y hablaba con ternura—. Sin embargo, y a decir verdad, no deseaba que ella lo mezclara en emociones profundas o le proporcionara permanente compañía. —No apartaba la mirada del rostro de Pitt, y este no se movía—. Al igual que en numerosos matrimonios que han sido de lo más convenientes y no del todo desagradables con los años, en el suyo no había asomo de pasión, de posesión mutua. Si ella se hubiese comportado de forma indiscreta, él se habría enojado. Si hubiese infringido abiertamente todas las convenciones sociales y protagonizado un escándalo, la habría repudiado, bien enviándola al campo o, en caso de que hubiera demostrado ser redomadamente testaruda, como último recurso, y si ella con sus acciones hubiese justificado una medida tan extrema, divorciándose. Eso habría supuesto un bochorno que él habría tratado de evitar. —Encogió los fornidos hombros—. Pero eso no ocurrió. Si hubiese estado al tanto de que ella regalaba sus favores a otro hombre —añadió torciendo el gesto—, habría mirado a otra parte y fingido no darse cuenta. De hecho, tal vez pusiera tanto empeño en hacerlo que no llegara más que a rozar la periferia de su conciencia. No es nada raro, en particular entre quienes llevan bastante tiempo casados y ya se han… —hizo una pausa para buscar una palabra que no fuera demasiado indecorosa— acostumbrado el uno al otro.

—En ese caso resulta poco probable, a su juicio, que hubiese caído en la desesperación al descubrir que su esposa tenía una aventura con el señor Pryce, ¿no es cierto? —preguntó Pitt.

—Es inconcebible —contestó Livesey con franqueza, los ojos como platos.

—Si realmente era tan… complaciente al respecto —presionó el inspector—, ¿por qué iba la señora Stafford a hacer algo tan extremo como asesinarlo?

Livesey esbozó un gesto fatigado y amargo que no tardó en desaparecer.

—Supongo que su pasión por el señor Pryce es tan desesperada —respondió— que no se contenta con una mera aventura. Con Stafford muerto, ella sería una viuda con considerables medios y libre para casarse con Pryce. Imagino que en su trabajo, inspector, se habrá topado con numerosas relaciones que comenzaron como un capricho y terminaron de forma sórdida, y en algún caso en asesinato, ¿no es cierto? Por desgracia, se trata de una historia que yo mismo he presenciado con mucha más frecuencia de la que me gustaría, por lo general egoísta, un tanto vil y profundamente trágica. Afecta a todas las clases y edades, lamento decirlo.

Pitt no podía negarlo.

—Sí —reconoció de mala gana—, me he topado con ellas.

—Es posible que el deseo de Pryce ya no fuera el mismo —continuó Livesey—. Y que ella temiera perderlo por una mujer más joven. ¿Quién sabe? —Se encogió un tanto de hombros—. Todo el asunto es oscuro y absolutamente trágico. Si el pobre Stafford no estuviera muerto, lo habría considerado tan poco probable que habría descartado la posibilidad, pero está muerto, y hemos de afrontar las conclusiones lógicas. Lamento no poder decir nada de más utilidad… o menos rotundo.

—Me ha sido usted de gran ayuda. —Pitt se levantó—. Investigaré la naturaleza de este lamentable asunto y averiguaré todo lo que pueda.

—No le envidio. —Livesey hizo sonar la campanilla para que acudiera su empleado—. Puede empezar por mi esposa, que es tan observadora como discreta. Mantenía una buena amistad con Juniper Stafford, pero le dirá la verdad, sin chismorreos que dañen reputaciones innecesariamente.

—Gracias, señor —dijo Pitt con sincera gratitud—. Será un excelente lugar para empezar.

Aceptó el consejo de Livesey y se puso en marcha después de comer, a primera hora de la tarde. Se enderezó la corbata, se arregló la chaqueta y pasó varios artículos de un bolsillo a otro para equilibrarlos y reducir las protuberancias, dio a las botas una rápida pasada contra las perneras de los pantalones y se pasó los dedos por el cabello, esfuerzo este último que empeoró las cosas considerablemente. Esta vez tomó un coche, no el ómnibus, se apeó en la muy de moda Eaton Square y se presentó ante la puerta del número 5. A su llamada respondió un elegante lacayo, alto y esbelto, de excelentes piernas, bien exhibidas gracias a las medias de seda de su librea.

—¿Sí, señor? —Tenía justo el toque adecuado de arrogancia que rayaba en lo ofensivo. Se hallaba empleado en una casa muy distinguida y se aseguraba de hacérselo saber a los visitantes.

—Buenas tardes —saludó Pitt con una sonrisa que no sentía, pero que le proporcionó la considerable satisfacción de desconcertar al hombre. La gente no sonreía a los lacayos. Él sonrió incluso ampliamente, mostrando los dientes—. Me llamo Thomas Pitt. —Sacó su tarjeta y la colocó en la bandejita de plata que el otro le tendió—. El juez Livesey ha tenido la amabilidad de sugerirme que tal vez la señora Livesey pueda proporcionarme cierta información que preciso en pro de la justicia. ¿Tendría usted la bondad de preguntarle si puede recibirme a tal efecto?

La serenidad del lacayo se vio profundamente perturbada. ¿Quién demonios era ese tipo impertinente que estaba en la escalera con una sonrisa de oreja a oreja y una seguridad en sí mismo que no debía tener? ¿De veras lo había enviado el juez? Le habría gustado despacharlo con unas cuantas palabras bien escogidas, pero no se atrevió. No cabía duda de que la sociedad estaba en franca decadencia y los valores se estaban echando a perder.

—Sí, señor —respondió con aspereza—. Con mucho gusto se lo preguntaré, pero no puedo decirle cuál será la respuesta.

—Naturalmente que no —se avino Pitt, razonable—. Al menos no hasta que se lo pregunte.

El lacayo soltó un bufido, dio media vuelta y desapareció, dejando a Pitt en la escalera. En el extremo opuesto del recibidor había un chiquillo, un limpiabotas, que miraba con suspicacia para asegurarse de que Pitt no entrara de repente y robara los ornamentos o los bastones del bastonero.

El lacayo apareció de nuevo al poco, dejó la bandejita de las tarjetas en la mesa del recibidor y se dirigió hacia Pitt mirándole con desagrado.

—La señora Livesey se encuentra en casa y lo recibirá, si tiene la amabilidad de seguirme. —Tendió la mano para hacerse cargo del abrigo y el sombrero del inspector.

—Gracias —contestó éste entregándole ambas prendas. No estaba especialmente sorprendido. La curiosidad solía ser más poderosa que las sutilezas sociales, sobre todo en lo que respecta a esposas de cierto nivel que no tenían demasiadas preocupaciones con las que ocupar su tiempo, y menos aún con las que ocupar su mente. Cualquier cosa inesperada o nueva era valiosa precisamente por ese motivo.

La casa era sólida, antigua y extremadamente confortable. La estancia a la que fue conducido Pitt era espaciosa, con ventanas a lo largo de una pared, si bien a primera vista no parecía grande. La enorme chimenea dominaba otra pared, y se hallaba flanqueada por librerías que llegaban hasta el techo. Los sillones, de tapicería oscura, se veían complementados por unas hermosas sillas, muy rectas, con respaldos de madera tallada como ventanas de iglesia. Había adornos, tapices, macetas por doquier, pero el elemento más interesante era una lámpara de transición que pendía del centro del techo. Había sido diseñada para que funcionase tanto con electricidad como con gas; los brazos para el gas apuntaban hacia arriba, y las bombillas para la electricidad, hacia abajo. Era la segunda que veía en su vida.

Mariah Livesey era una mujer atractiva de espesa cabellera cana y ondulada, que llevaba peinada hacia atrás de un modo muy favorecedor. Tenía unos rasgos bien proporcionados y agradables. De hecho, al mirarla Pitt pensó que probablemente fuera mejor parecida ahora que en su juventud, época en la que bien podría haber sido relativamente corriente. Los años de comodidad y de prestigio asegurado le habían conferido un aire tranquilo, y las ropas costosas de refinado gusto le habían aportado distinción. Lo miró con curiosidad contenida a duras penas.

—¿Sí, señor Pitt? Mi lacayo me ha comentado que mi esposo le recomendó que viniera a visitarme para obtener cierta información, ¿no es así?

—Sí, señora —contestó Pitt erguido, mas no firme—. Abandoné su despacho poco antes de la hora de comer y me aconsejó que comenzara mi investigación por usted. Es un asunto de lo más delicado que, de tratarse con torpeza, arruinaría la reputación de una dama, tal vez injustificadamente. Me dijo que usted sería franca y discreta a un tiempo.

Los ojos de la mujer brillaban de interés y sus mejillas se tiñeron de un tímido arrebol.

—Vaya, muy generoso de su parte. Me esforzaré por estar a la altura de lo que ha dicho de mí. ¿Qué desea preguntarme, señor Pitt? Ignoraba que supiera algo de semejante asunto.

—Estoy investigando la muerte del juez Stafford.

—Cielos. —Su rostro se ensombreció—. Algo espantoso. Le ruego que se siente, señor Pitt. No podemos tratar este asunto en unos minutos, aunque lo cierto es que no se me ocurre cómo podría serle de ayuda. No sé nada en absoluto.

—Estoy seguro de ello, pues de lo contrario ya nos habría informado —repuso el inspector sentándose en un sillón frente a ella—, pero usted conoce al señor y a la señora Stafford, y no cabe duda de que se mueven en los mismos círculos sociales.

La sorpresa se dibujó en el rostro de la señora Livesey.

—No insinuará que lo mató alguien de su círculo social, ¿verdad? ¡Eso es absurdo! Debe de haber malinterpretado las palabras de mi esposo. Es la única explicación posible.

—Me temo que no. —Pitt meneó la cabeza y sonrió con tristeza—. Fue bastante claro. ¿Me permite que le haga unas preguntas?

—Naturalmente. —Parecía perpleja.

—El señor y la señora Stafford llevaban casados cierto tiempo, ¿no es así? —preguntó.

—Oh, sí, al menos veinte años, probablemente más. —Alzó la voz, sorprendida.

—¿Cómo describiría usted su relación?

La perplejidad de la señora Livesey aumentó.

—Oh… afable, diría yo. No cabe duda de que entre ellos no hubo nunca animosidad alguna, al menos por lo que yo sé. Si está pensando en una pelea, he de decirle que lo encuentro muy difícil de creer, si no imposible. —Meneó la cabeza para resaltar esa observación.

—¿Por qué dice eso, señora Livesey? —insistió el inspector.

—Bien… —Le miró con expresión concentrada.

Sus ojos no eran ni azules ni grises, y rebosaban de perspicacia. Pitt estimó que no era una mujer inteligente, pero sí con considerable criterio a la hora de juzgar a otros de su mismo círculo social, y con un excelente sentido de lo conveniente.

—¿Sí? Apreciaría en mucho su franqueza, señora.

La mujer vaciló solo un instante más, en opinión de él sopesando las palabras, más que deliberando si responder o no.

—No era una relación en la que las emociones de ninguna de las dos partes fueran lo bastante profundas como para discutir —acabó diciendo. A juzgar por su expresión, Pitt pensó que estaba midiendo cuidadosamente las palabras—. Hacía ya tiempo que se había convertido en una situación más cómoda —prosiguió—, en la que el respeto y la costumbre habían sustituido toda implicación importante en la vida cotidiana del otro. Juniper siempre se conducía con discreción y cumplía con sus obligaciones sociales. Es una anfitriona excelente, de porte atractivo, bien vestida, de exquisitos modales. —Algo le pasó por la cabeza, y apretó los labios por un instante. A Pitt se le ocurrió que se estaba concentrando para decir cosas en las que apenas creía—. Y por lo que sé Samuel Stafford era un hombre honrado, nada dado a los excesos ni personales ni financieros —continuó, relajando un tanto su expresión—. A ella nunca le faltó nada. Si… si en su vida había otras… mujeres… lo llevaba con tal discreción que yo, por lo pronto, no lo sabía. —Miró al inspector esperando un comentario por su parte.

—Sí. Eso es lo que me han dicho otros —afirmó él—. ¿Y qué hay de las otras relaciones de la señora Stafford?

—Oh, bien… supongo que se refiere al señor Pryce. —Se ruborizó, incómoda, si bien no se podía decir si era turbación o culpabilidad por mencionarlo.

—¿Había algún otro?—inquirió Pitt.

—¡No! ¡No, por supuesto que no! —El rubor se volvió más vivo aun.

—¿Sabe cuándo conoció al señor Pryce?

La señora Livesey suspiró y miró por la ventana.

—Creo que lo conoció hace unos años, si bien la amistad era superficial, por lo que yo sé. Han empezado a conocerse mejor, mucho mejor, en el último año y medio. —Se interrumpió abruptamente, sin saber cuánto más debía decir. Era consciente de que había hablado con una vehemencia impropia, temía haber traicionado algo en su interior, como a decir verdad había hecho. Miró a Pitt con el entrecejo fruncido, a la espera.

—En su opinión, señora Livesey, ¿qué siente la señora Stafford por el señor Pryce? —preguntó él con gravedad—. Le ruego que sea sincera conmigo. No revelaré a nadie sus palabras, solo necesito la información para averiguar la verdad. He de saberlo, en interés de la justicia.

Ella se mordió el labio y reflexionó un instante antes de responder con tono severo.

—Estaba encaprichada con él. Se esforzaba por ser discreta, pero para alguien que la conociera tanto como yo era bastante obvio.

—¿En qué sentido?

—Oh, algo en su conducta, en su modo de vestir, en las cosas por las que mostraba interés. —De pronto se echó a reír, como si ahora que había empezado no fuera capaz de contener el torrente de sus sentimientos—. Las cosas por las que perdió todo interés. Los chismorreos que ya no le gustaba oír, las trivialidades que un año atrás le habrían fascinado y a las que ahora no prestaba atención. Empezó a comportarse como si fuera mucho más joven. —El arrebol de sus mejillas se intensificó—. Cuando una mujer está enamorada, señor Pitt, las otras mujeres lo saben. Las señales no son precisamente sutiles; son bastante inconfundibles.

Pitt se sintió incómodo sin saber a ciencia cierta por qué.

—Y en su opinión, ¿correspondía el señor Pryce a ese sentimiento? —Anotó mentalmente no olvidar preguntar a Charlotte si ella creía que notaría tales cosas en otra mujer.

—No sé muy bien por qué lo creo así, pero sí, desde luego. —Volvió a sonar cortante—. Su gentileza hacia ella era de un cariz muy personal. La mirada en sus ojos era inconfundible. Toda mujer desea ver esa mirada en el rostro de un hombre alguna vez en su vida. —Lo dijo con una leve sonrisa—. Es mejor que todos los diamantes o todos los perfumes del mundo, y más embriagadora que el champán. Sí, señor Pitt, el señor Pryce llegó a corresponder a sus sentimientos.

—¿Llegó a corresponderlos? —El inspector escudriñó su rostro y vio la emoción y la ira reflejadas en él antes de que las enmascarara—. ¿Debo entender que los sentimientos de ella precedieron a los de él?

La señora Livesey no rehuyó su mirada.

—Si se refiere a si lo persiguió, señor Pitt, sí, lamento decirlo, pero sí lo hizo. Un fin de semana en concreto, estábamos todos invitados en una casa de campo. Fue imposible no darse cuenta.

—Entiendo. —Pitt cambió de postura en el sillón—. Señora Livesey, ¿puede decirme qué podrían hacer un hombre y una mujer en semejante situación? ¿Cuáles serían sus opciones? ¿Y las consecuencias de ser indiscretos?

—Por supuesto. Sus opciones, si tuvieran la intención de permanecer en sociedad, serían muy escasas —respondió ella con resolución—. O se conducen con absoluta corrección moral y no se ven salvo cuando resulte inevitable, y en tal caso solo en presencia de otras personas adecuadas… —prosiguió, los hombros tensos—. La gente tiende a la malevolencia, ¿sabe? No se pueden desafiar las convenciones sociales y salir indemne. —Seguía observando a Pitt, calibrando si comprendía—. O bien dan rienda suelta a sus pasiones, pero en casa de amigos comunes, con una partida de campo los fines de semana y en ocasiones similares, pero con suficiente discreción para que nadie se vea forzado a darse cuenta.

—¿Eso es todo?

—¿Todo? —La mujer arrugó la frente—. ¿Qué más iba a haber?

—¿Qué hay del matrimonio?

—Juniper Stafford ya está casada, señor Pitt.

—¿Divorcio?

—Impensable. Oh… —De pronto la señora Livesey palideció—. ¿No estará pensando que Juniper o el señor Pryce envenenaron deliberadamente al juez Stafford?

—¿No lo cree posible?

La señora Livesey reflexionó unos instantes antes de responder con total tranquilidad. La preocupación por la sociedad, los pequeños protocolos y las envidias se había desvanecido.

—Sí… sí, es posible. Yo…

Pitt aguardó.

—Yo… lamento decir una cosa así—añadió ella sin convicción. Parecía en extremo incómoda—. Juniper no es… juiciosa en lo que atañe a sus emociones.

—¿Cree que el señor Stafford estaba al tanto de su relación? —preguntó el inspector.

La señora Livesey apretó los labios, pensativa.

—Oh… oh, lo dudo. No es la clase de cosas que los hombres suelen percibir, a menos que estén predispuestos a los celos. E indudablemente su naturaleza no era tal. Esas cosas se notan. —De nuevo le miró para ver si comprendía—. No la vigilaba ni parecía estar al corriente de a quién veía. Hay diferencias de comportamiento que no resultan obvias a un hombre, a menos que él también esté enamorado. Si acabaran de casarse, tal vez… —Su voz se fue debilitando con tristeza.

—¿Cree usted que otras mujeres de entre sus amistades eran más observadoras?

—Sin duda —respondió ella con una amarga sonrisa—. Adolphus Pryce es un hombre muy atractivo, y soltero. Acapara mucha atención. El más nimio de sus actos es objeto de comentarios y análisis. Son muchas las mujeres que tienen puestos los ojos en él.

—En ese caso la señora Stafford no gozará de mucha popularidad —observó Pitt con una mezcla de humor y lástima.

—Difícilmente —convino ella con vehemencia, tras lo cual la asaltó la timidez y se apresuró a ofrecerle una explicación—. No hay muchos caballeros que sean un buen partido. Que una mujer tenga dos supone una absoluta falta de justicia.

Pitt contempló su rotunda figura y su rostro envejecido, y se preguntó qué pensamientos sobre Adolphus Pryce o sus semejantes le habrían pasado por la cabeza. ¿Hasta qué punto le contrariaban las pasiones a las que Juniper había dado rienda suelta… y las que había suscitado en él?

—¿Usted no dijo nada al señor Stafford que pudiera haberlo inducido a darse cuenta de la estima que su esposa profesaba al señor Pryce? —preguntó—. ¿Ni siquiera por descuido o por compasión?

La ira iluminó los ojos de la mujer, para luego apagarse una vez que el inspector se hubo explicado.

—No —contestó con decisión—. Opino que es mejor no inmiscuirse en los asuntos de los demás. Nunca sirve de nada.

—No, supongo que no —convino él.

Probablemente había averiguado ya todo lo posible. La aventura duró entre uno y dos años, y fue discreta, mas no pasó inadvertida a otras mujeres. Cabía la posibilidad de que alguna lengua afilada se lo hubiese contado al juez Stafford, pero en tal caso no era probable que él hubiese reaccionado violentamente o con gran aflicción. Cada nuevo dato lo llevaba de vuelta a Juniper o a Adolphus Pryce, o posiblemente a ambos.

—Gracias, señora Livesey —dijo, educado, obligándose a sonreír—. Me ha sido de gran ayuda. Espero que siga manteniendo con respecto a este asunto la discreción que la ha caracterizado hasta ahora. Sería perverso difamar a la señora Stafford o al señor Pryce si resultan ser inocentes de todo lo relacionado con la muerte del juez. Hay muchas otras posibilidades; esta es solo una en la que, por desgracia, me veo obligado a indagar.

—Naturalmente —se apresuró a decir ella—. Lo entiendo bien, se lo aseguro. Lo trataré con la máxima confidencialidad.

Él esperaba que así lo hiciera y que fuera tan juiciosa como creía su esposo pero, cuando se levantó y se despidió, ya no se sentía del todo seguro. Se advertía en ella la infelicidad que provoca el anhelo de algo que está fuera del alcance de uno. Y Pitt sabía que no le gustaba Juniper Stafford. En cuanto a su percepción sobre Samuel Stafford, ¿cuánto provenía en realidad del conocimiento de su propio esposo?

La siguiente persona a las que quería ver era el juez Granville Oswyn, otro de los miembros del tribunal de apelación que habían llevado el caso de Aaron Godman. Su opinión sobre este asunto podría servir para esclarecerlo más y, como colega de Samuel Stafford, quizá estuviera al tanto de sus relaciones personales. Pitt necesitaba saber si Stafford tenía conocimiento del encaprichamiento de su esposa y si tal vez le importaba más de lo que Livesey o la señora Livesey pensaban. Quizá fuera una búsqueda inútil, pero debía emprenderla.

Sin embargo, cuando llegó a Curzon Street, al domicilio del juez Oswyn, la camarera que abrió la puerta le informó de que el juez estaba de viaje de negocios y no se le esperaba hasta la semana siguiente, y la señora Oswyn había ido a visitar a unas amistades. No obstante, esa noche no cenaba en casa, de modo que no cabía duda de que no tardaría mucho en llegar y, si Pitt era tan amable, podía esperarla en la salita de mañana.

Pitt decidió esperarla. No tenía nada importante que hacer, de manera que pasó unos agradables cuarenta y cinco minutos tomando té en la cómoda salita de mañana hasta que lo llamaron y lo condujeron al salón, una delicada estancia en suaves tonos sepia y oro donde la señora Oswyn le observó con moderado interés. Era una mujer ajada, de cabello castaño claro y figura rolliza. Su rostro, que probablemente fuera hermoso en su juventud, ahora estaba iluminado por una afabilidad que lo había suavizado hasta dotarlo de una dulzura extraordinaria.

—La sirvienta me ha informado de que está usted investigando la muerte del juez Stafford, ¿estoy en lo cierto? —preguntó enarcando las cejas—. No acierto a comprender en qué puedo ayudarlo, pero estoy totalmente dispuesta a intentarlo. Le ruego que se siente, señor Pitt. ¿Qué cree que puedo contarle? Lo conocía, naturalmente. Mi esposo presidió el tribunal de apelación con él en numerosas ocasiones, de modo que conocíamos tanto al señor Stafford como a su esposa, pobre criatura.

Pitt observó su expresión y pensó que había en ella una compasión más profunda que las simples palabras que cualquiera pudiera decir de una mujer que había enviudado tan recientemente.

—Lo siente mucho por ella, ¿no es así? —preguntó mirándola a los ojos.

Tardó unos segundos en responder, tal vez sopesando cuánto sabía él ya. Se decidió.

—Así es. La culpa es un sentimiento muy doloroso, en particular cuando es demasiado tarde para enmendarla.

Él se quedó de una pieza, no solo por la idea, sino por su extraordinaria franqueza.

—¿Cree que ella fue responsable en modo alguno de la muerte de su esposo? —Intentó mantener la serenidad.

Su interlocutora parecía asombrada y un tanto avergonzada.

—Cielo santo, ¡no! ¡Rotundamente, no! Le ruego me disculpe si le he dado esa impresión. Estaba obsesionada con Adolphus, y él con ella, pero no fue en modo alguno responsable de la muerte de Samuel. ¿Qué le hace pensar algo tan terrible?

—Debe de haber algún responsable, señora Oswyn.

—Desde luego —reconoció ella, juntando las manos en el regazo—. No se puede fingir que el asesinato no existe, por mucho que uno quiera, pero no sería la pobre Juniper quien hiciera algo tan espantoso. No, no, de ningún modo. Es culpable de haberle sido infiel, de sentir una pasión ilícita, lujuria, si usted quiere, y de darle rienda suelta en lugar de dominarla. Ya es bastante culpabilidad.

—¿Estaba el señor Stafford al corriente de su desenfreno?

—Oh, creo que sabía perfectamente que había algo. —La señora Oswyn miró a Pitt con detenimiento—. Después de todo, uno no puede estar completamente ciego, aun cuando haya veces en las que preferiría estarlo por su propio bien. Pero él optó por no mirar con demasiada atención. No le habría hecho ningún bien. —Fijó en Pitt la mirada de sus ojos redondos, dulces—. No veía lo que era mejor no ver. Y así, cuando todo hubiera acabado, habría sido mucho más fácil perdonar y olvidar al no conocer los detalles. Un hombre sabio, Samuel. —Meneó ligeramente la cabeza—. Ahora Juniper, pobre mujer, nunca hallará ese perdón, y cuando la pasión muera (no cabe duda de que morirá, como suelen morir esas pasiones) no le quedará nada salvo la culpa. Todo esto es muy triste. Se lo dije, pero cuando una está enamorada con semejante obsesión, semejante anhelo, no escucha.

Pitt estaba sorprendido. En el rostro de la señora Oswyn había ingenuidad, casi inocencia… y sin embargo hablaba de violencia y de adulterio como un niño podría hablar de cosas cuyos nombres hubiese oído, pero cuyo significado no comprendiera. Su perspicacia, pese a su inocencia, le asombró, al igual que su capacidad para sentir compasión.

—Sí —dijo Pitt con voz queda—. Sí, sentirá un dolor del que le será difícil recuperarse, pues habrá demasiada culpa. A menos que…

—No —lo interrumpió ella con firmeza—. Yo no creo que lo matara. Y tampoco creo que lo hiciera el señor Pryce. Es un hombre imprudente, caprichoso, y ha perdido su honor por una mujer, lo cual significa que es débil. Sin embargo, no caería tan bajo como para asesinar a su amigo… ni siquiera por eso. —Miró a Pitt con gravedad—. Ni se me pasa por la imaginación. Es imprudente, como lo son muchos hombres, pero la culpa es de ella. Una mujer casi siempre puede rechazar a un caballero con bastante elegancia y aun así dejar claro su desinterés. Pero ella hizo justo lo contrario. Ambos pagarán por ello, no olvide mis palabras.

Pitt no la contradijo. Por lo que había observado, se inclinaba a pensar que bien podría estar en lo cierto.

—Señora Oswyn, ¿cree posible que se casen ahora que son libres de hacerlo?

—Podría ser, pero no serán felices. La muerte del pobre Samuel se lo impedirá, si es que alguna vez fue posible. Pero tendrá que buscar en otra parte a su asesino.

—Quizá.

—Oh, sin duda —aseguró ella con absoluta certidumbre—. Supongo que ya estará investigando ese lamentable asunto de Farrier’s Lane. Sí, por supuesto. No me sorprendería que tuviera algo que ver con eso. A Samuel no se le iba de la cabeza, ¿sabe? Vino aquí para hablar con Granville en más de una ocasión. Mi esposo intentó persuadirle de que lo dejara estar, de que no había nada más que averiguar y de que, con toda seguridad, nada bueno podía salir de ahí. Pero Samuel no se dejó convencer.

Pitt se incorporó.

—¿Quiere decir que el juez Stafford tenía la intención de reabrir el caso? ¿Está usted segura?

—Bien, veamos. —La señora Oswyn desenlazó las manos—. Yo no he dicho que estuviera segura, ¿comprende? Solo sé que habló de ello con Granville, mi esposo, varías veces y que discutieron sobre ese asunto. Samuel quería investigarlo y Granville, no. No sé si al final mi marido logró persuadirle de la inutilidad de hacerlo o si Samuel aún deseaba continuar.

—¿El juez Oswyn no creía que hubiera nada más que averiguar? ¿Ningún error judicial? —inquirió Pitt.

—Oh no, en absoluto —respondió ella con convicción—, aunque no estaba satisfecho con el caso. Siempre tuvo la sensación de que hubo cierta premura y demasiadas emociones extremadamente desagradables. Con todo, eso no alteraba la corrección del veredicto, y eso fue lo que le dijo a Samuel.

—Supongo que no sabrá cuál fue el motivo que indujo al juez Stafford a seguir con el caso. —Pitt se inclinó, mirándola con fijeza—. ¿Sabe si descubrió algo nuevo, alguna prueba?

—Santo cielo, no. Mi esposo nunca trata nada de esa naturaleza conmigo. No es adecuado, ¿sabe? En absoluto. —Meneó la cabeza, rechazando la idea de plano—. No. Me temo que no tengo ni idea de lo que dijeron; solo sé que guardaba relación con el caso y que lo discutieron de un modo de lo más acalorado.

A Pitt le asaltó la confusión. Había apartado el asesinato de Farrier’s Lane de sus cálculos y ahora parecía que se había precipitado. ¿O sencillamente esta mujer había perdido el contacto con la realidad, negándose a creer que la gente que conocía y era amiga suya pudiera ser culpable de algo más que de los pecados lamentablemente comunes del adulterio y el engaño? La miró con más atención y se topó con sus amables ojos, tan conocedores de su mundo más inmediato, tan ignorantes de cualquier cosa que no fuera este.

—Muchas gracias, señora Oswyn —dijo con gran cortesía—. Ha sido usted de gran ayuda y muy generosa con su tiempo.

—No hay de qué, señor Pitt —repuso ella sonriéndole con dulzura—. Espero que tenga suerte en su búsqueda. Debe de ser muy complicado.

—A veces. —Se puso en pie, se excusó y se despidió de ella.

Pitt acudió al despacho de Micah Drummond para hablar del asunto con él, pero éste había salido y no se le esperaba hasta la mañana siguiente, de modo que no pudo verlo hasta entonces.

Era un día frío, la intensa humedad se colaba por la chaqueta de lana que había bastado la noche anterior, de forma que Pitt se alegró de encontrarse en el caldeado despacho de Drummond, en el que ardía el fuego.

Éste se hallaba ante la chimenea, de espaldas al hogar, calentándose las piernas. A todas luces también él acababa de llegar. La expresión de su delgado rostro era grave, y miró a Pitt con expectación, pero sin mayor interés.

—Buenos días, Pitt —saludó con tono solemne—. ¿Alguna novedad?

El inspector cambió de opinión, no sobre lo que iba a decir, sino más bien sobre la forma de decirlo.

—No, señor. Estoy detrás de la señora Stafford y el señor Pryce para averiguar todo lo posible sobre su relación, pero aún no he dado con nada que parezca ser un buen motivo para matar a Stafford.

—Amor —espetó Drummond—. No hace falta buscar más allá. O si desea ser más preciso, obsesión amorosa. Por el amor de Dios, Pitt, se han cometido más crímenes movidos por el deseo que por cualquier otra cosa, salvo posiblemente el dinero. ¿Qué problema tiene? ¿Es que no lo ve?

—La sociedad está llena de aventuras y deseos obsesivos similares —afirmó el inspector, resuelto a no ceder terreno—. Muy pocos terminan en asesinato, y los que lo hacen suelen ser aquellos en los que alguien ha sido engañado y lo ha averiguado de repente, y a continuación ha asesinado a los culpables en el calor del momento.

—¿Por qué se empeña en discutir? —Drummond arrugó la frente mientras le miraba—. Por supuesto que esa es la causa de muchos de ellos, pero tampoco es nuevo que dos amantes asesinen al esposo o a la esposa que se interpone entre ellos. ¿Por qué no cree que sea eso lo que pasó en este caso? —Se apartó del fuego cuando empezó a tener demasiado calor. Se sentó en un sillón e indicó a Pitt con un movimiento de la mano que se acomodara en el otro.

—Podría ser —admitió Pitt de mala gana—, pero parece tan… histérico. Stafford no se interponía en su camino. Al parecer casi consentía la aventura.

—¿Estaba al corriente? —preguntó Drummond bruscamente—. ¿Está seguro?

Pitt tomó aire. Quería decir «por supuesto», pero si exageraba se vería obligado a retractarse más adelante, y entonces Drummond se preguntaría en qué más había recargado las tintas.

—La esposa de Livesey afirmó que a Stafford le era indiferente, y la esposa del juez Oswyn dijo que estaba segura de que lo sabía en el fondo, pero que prefería no conocer los detalles. Siempre que Juniper Stafford fuera discreta y no protagonizara ningún escándalo público, él estaba dispuesto a tolerarlo. Con toda seguridad no era un celoso apasionado. Fue muy categórica al respecto. —Estaba a punto de añadir que Stafford rondaba los sesenta años, pero se dio cuenta de que el propio Drummond debía de pasar de los cincuenta, y el comentario pecaría de falta de tacto.

—¿Sí? —preguntó Drummond al intuir que el inspector se había callado algo.

—Nada. —Pitt se encogió de hombros—. Solo que al parecer Stafford no era un hombre impulsivo. Mantenía con su esposa una relación educada, afable, pero no íntima, y un tanto apagada por la costumbre. Sea como fuere, no fue Stafford quien mató a su esposa o al amante de esta. Stafford fue la víctima. Ellos no tenían necesidad de asesinarlo, pues él no ponía en peligro su aventura.

—Quizá querían casarse —propuso Drummond con cierta brusquedad—. Quizá no les bastaba con una aventura. Tal vez un momento robado aquí y allá era demasiado poco para las emociones y la necesidad que sentían. ¿Le bastaría a usted, Pitt, si amara a una mujer intensamente?

Este intentó imaginarse en semejante situación. Detestaría el engaño, la constante certeza de que todo el tiempo que pasaran juntos iría siempre unido a despedidas, a la incertidumbre, a la necesidad de mentir.

—No —admitió—. Siempre querría más.

—¿Y no le estorbaría el esposo? —continuó Drummond.

—Sí —reconoció también.

—En ese caso puede entender por qué un hombre tan enamorado como Adolphus Pryce podría caer en el asesinato. —La aversión se hizo patente en el rostro de Drummond—. Es algo monstruoso, y no me sorprende que busque otra respuesta, pero no puede eludir la verdad ni su deber hacia ella. No es propio de usted.

Pitt abrió la boca para desmentirlo, luego volvió a cerrarla sin pronunciar palabra.

Drummond se levantó y se dirigió a la ventana. Miró la calle, los pesados carromatos traqueteando, un vendedor ambulante gritando a otro que se había quedado parado en medio del camino. No dejaba de llover.

—Comprendo que todo esto le esté cansando —prosiguió, de espaldas a Pitt—. A mí mismo me cansa. No estoy seguro de poder seguir mucho más. Quizá requiera una mente más perspicaz, un hombre con mayor conocimiento del crimen, en un sentido práctico, del que yo tengo. Siempre ha dicho que prefiere trabajar en la calle a dar órdenes a otros hombres, mas en casos graves podría hacer ambas cosas… —Lo dejó en el aire, indefinido.

Pitt se quedó mirándolo mientras las ideas se agolpaban en su cabeza, dudas con respecto a lo que Drummond quería decir, si se trataba tan solo de una queja infundada porque era un día frío, sombrío y el caso lo deprimía, o si en verdad estaba pensando en dedicarse a cualquier otra actividad, tal vez fuera del alcance de los tentáculos del Círculo Interior y de sus opresivas e insaciables exigencias secretas. O si en realidad todo ello tenía que ver con Eleanor Byam. Después del escándalo, si Drummond tuviera la intención de casarse con ella, no podría seguir manteniendo la posición social de que ahora gozaba y con toda probabilidad tampoco la profesional. Las emociones de Pitt eran poderosas y contradictorias. Lo sentía por Drummond, si bien le sorprendió lo mucho que deseaba el puesto. El corazón le latía más aprisa. Una nueva energía fluía en su interior.

—Eso es algo que no podría decir hasta que llegue el momento. —Pitt escogió cuidadosamente las palabras. No debía delatarse—. Y hoy no es el caso. —Hizo un esfuerzo por mantener el tono de su voz—. Volveré al asesinato de Stafford. Gracias por sus consejos. —Y antes de que Drummond pudiera decir nada más, se excusó y se marchó.

A pesar de haberse mostrado de acuerdo con Drummond respecto a Adolphus Pryce, Pitt decidió entrevistarse con los otros jueces que estudiaron la apelación de Aaron Godman y el asesinato de Farrier’s Lane. A Livesey ya lo había visto, Oswyn no estaba en Londres en ese momento, pero no fue difícil averiguar la dirección del juez Edgar Boothroyd, aun cuando estuviera retirado de la judicatura.

Para llegar a la tranquila, laberíntica y vieja casa de las afueras de Guildford Pitt empleó toda la mañana: primero tomó un tren hasta la localidad y luego una charrete abierta que lo llevó hasta allí bajo un viento borrascoso. Un ama de llaves entrada en años lo condujo a una sala de estar con las paredes revestidas de madera que, de haberlo permitido el tiempo, se habría abierto a una terraza y a una extensión de césped. Ahora el viento arrastraba hojas muertas por la descuidada hierba, marchitas cabezuelas de crisantemos colgaban, velludas, en los arriates, y los estorninos reñían en el pedregoso sendero, disputándose trocitos de pan que alguien había dejado para ellos.

El juez Boothroyd estaba sentado en un gran sillón junto a la ventana, de espaldas a la luz, y parpadeó, indeciso, al ver a Pitt. Era un hombre enjuto que se había vuelto panzudo, el chaleco arrugado sobre el estómago, los estrechos hombros echados hacia delante.

—Ha dicho Pitt, ¿no es cierto? —Carraspeó casi antes de terminar de hablar—. Estoy dispuesto a complacerle, claro está, pero dudo que haya algo que yo pueda hacer. Jubilado, ya sabe. ¿No se lo han dicho? Nada que ver con la judicatura. Ya no sé nada de ella. Solo cuido del jardín, leo algo. Poca cosa.

Pitt le miró con una sensación de infelicidad. Había un algo de rancio en la estancia, como si de algún modo se encontrara abandonada. Estaba bastante ordenada, pero el orden era estéril, impuesto por una mano falta de cariño. En la mesa, junto a la ventana, había una bandeja de plata con tres licoreras, todas ellas casi vacías, y algunas manchas como causadas por una mano torpe.

Las cortinas, descorridas, estaban torcidas, y faltaba una abrazadera. El lugar estaba exento de dulzura.

—No se trata de un caso actual, señor. —Pitt añadió lo de «señor» para demostrar al hombre un respeto que deseaba sentir por él y no podía—. Se remonta a hace unos cinco años.

Boothroyd no le miró.

—Ese es aproximadamente el tiempo que llevo retirado —repuso—. Y mi memoria ya no es la de antes.

Pitt se sentó sin que lo invitaran. De cerca podía ver el rostro de Boothroyd con mayor claridad. Tenía los ojos llorosos, los rasgos desdibujados, no por la edad, sino por la bebida. Era un hombre profundamente infeliz y la oscuridad de su ser impregnaba la habitación.

—El caso de Farrier’s Lane —dijo Pitt—. Usted fue uno de los jueces del tribunal de apelación.

—Oh. —Boothroyd suspiró—. Sí… sí, pero ahora no lo recuerdo bien. Un caso desagradable, pero no… no hay mucho de que hablar. Tuvimos que cumplir con las formalidades, eso es todo. —Resopló—. A decir verdad no tengo ningún comentario al respecto. —No preguntó por qué le interesaba a Pitt, una curiosa omisión.

—¿Recuerda cuál fue la base de la apelación?

—No… no; ahora mismo no lo recuerdo. Tomé parte en un montón de apelaciones, ¿sabe usted? No puedo recordarlas todas. —Boothroyd le miró con ojos escrutadores, el entrecejo fruncido. Estaba atento por vez primera y llevaba la ansiedad escrita en el rostro.

—Debió de ser uno de sus últimos casos. —Pitt intentó facilitarle el recuerdo pero, apenas lo hubo dicho, supo que no había mucho que hacer. No era solo que la mente de Boothroyd estuviera confusa, aturdida por el tiempo, la desdicha y, Pitt sospechaba, la bebida, sino que además el inspector tenía la poderosa impresión de que no quería recordar. ¿Qué le había ocurrido a aquel hombre? Debió de ser docto; su porte, imponente; su mente, incisiva. Debió de ser capaz de sopesar las pruebas, las cuestiones de derecho y tomar decisiones acertadas. Ahora parecía haber perdido todo interés en la vida, el amor propio, la dignidad, la capacidad de razonar con imparcialidad. Sin embargo, Pitt dudaba que pasara de los sesenta y cinco años.

—Es posible —afirmó Boothroyd meneando la cabeza—. Es posible que fuera uno de los últimos. Aun así no lo recuerdo. Una cuestión médica, creo, pero no puedo decirle más. O tal vez tuviera que ver con un abrigo… o un brazalete o algo. No lo sé. No me acuerdo.

—¿Le ha visitado el juez Stafford recientemente?

—¿Stafford? —El rostro de Boothroyd se desencajó, los ojos fijos en Pitt, algo cercano al miedo en la mirada acuosa, perdida. Tragó saliva—. ¿Por qué lo pregunta?

—Me temo que ha muerto —contestó el inspector, inesperadamente brutal. Las palabras se le escaparon antes de sopesarlas—. Lo lamento.

—¿Muerto? —Boothroyd respiró hondo. Algo en su rostro se suavizó, lo abandonó una sombra, como si hubiese desaparecido despiadadamente algún miedo—. Un accidente de tráfico, supongo. La ciudad cada vez está peor. Precisamente el mes pasado vi a un pobre diablo atropellado por un carruaje que se desbocó. Los perros empezaron a pelearse, el caballo se encabritó. Un lío terrible. Por suerte solo murió una persona.

—No, me temo que no. Fue asesinado. —Pitt observó el rostro de Boothroyd. Le vio tragar saliva de modo convulsivo, quedarse boquiabierto. Respiraba con dificultad. El inspector sintió una lástima que iba inextricablemente unida a la repugnancia. Al menos debía intentar indagar en la aturdida mente de Boothroyd, por poca fe que tuviera en ello—. ¿Vino a verlo recientemente? Me temo que he de saberlo.

—Yo… eh… —Boothroyd miró a Pitt con aire indefenso, buscando una escapatoria, dándose cuenta al final de que no la había—. Eh… sí, sí, sí vino. Colegas, ya sabe. Muy amable por su parte.

—¿Comentó algo del caso de Farrier’s Lane? —El inspector observó de nuevo a Boothroyd, en cuyos ojos percibió la evasión y el sufrimiento.

—Creo que lo mencionó. Natural. Fue la última apelación que presidimos juntos. Viejos recuerdos, ¿sabe? No, supongo que no lo sabe. Demasiado joven. —Miró a un lado—. ¿Le gustaría tomar un whisky?

—No, gracias.

—¿Le importa si yo lo hago? —Se puso en pie y se dirigió pesadamente hacia las tres licoreras de la mesa.

No era un hombre corpulento, nada que ver con la contundencia de Livesey; sin embargo, sus movimientos eran torpes, como si le resultaran complicados. Se sirvió de una licorera, llenando el vaso casi hasta el borde y bebió la mitad aún de pie, junto a la mesa, antes de regresar al sillón. Pitt podía oler el aroma del alcohol en su pesada respiración.

—Lo mencionó —repitió Boothroyd—. No recuerdo lo que dijo. No era muy importante, por lo que yo sé. ¿Quién lo mató? ¿Un robo? —Parecía esperanzado de nuevo, los ojos bien abiertos, las cejas enarcadas.

—No, señor Boothroyd. Lo envenenaron. Me temo que no sé quién. Estoy intentando averiguarlo. ¿Comentó que tenía la intención de volver a abrir la investigación del caso de Farrier’s Lane? ¿De hallar pruebas de que Aaron Godman no era culpable?

—¡Cielo santo, no! —exclamó Boothroyd—. ¡Eso es un disparate! ¿Quién le ha dicho eso? ¿Ha dicho alguien eso? ¡Es un disparate!

Quizá habría sido más productivo decir que sí, pero la sensación de azoramiento y de lástima que embargó a Pitt se lo impidió.

—No señor, no a mí —respondió el inspector con calma—. Solo pensé que era posible.

—No —dijo Boothroyd de nuevo—. No… fue una visita rápida, cuestión de gentileza. Pasaba por aquí. Lamento no poder ayudarlo, señor Pitt. —Apuró lo que quedaba del whisky de dos tragos—. Lo lamento —repitió.

Pitt se puso en pie, le dio las gracias y huyó de la húmeda y malsana estancia, de su aire viciado, su confusión, su infelicidad.

El juez Morley Sadler era un hombre tan distinto como cupiera imaginar; de rostro terso, con desordenados retazos de cabello rubio y unas patillas rubias salpicadas de gris que le flanqueaban las mejillas. Vestía a la última moda y su traje traslucía una excelente confección, sin una arruga en la caída; parecía estar por completo al mando de su vida y de cualquier situación que pudiera surgir. Sonrió con afabilidad cuando Pitt fue anunciado y se levantó del escritorio para saludarlo, darle la mano y ofrecerle un amplio sillón de piel.

—Buenos días, señor Pitt… inspector Pitt, ¿no es así? Muy buenos días. ¿En qué puedo ayudarle? —Regresó al escritorio y se sentó en su sillón de alto respaldo, asimismo enorme—. No quiero ser descortés, inspector, pero tengo otra cita dentro de unos veinte minutos que mi honor me obliga a mantener. Obligaciones, ya me entiende. Uno ha de hacer todo lo posible en todos los asuntos. Veamos, ¿cuál es el tema sobre el que desea saber mi opinión?

Pitt había sido advertido de que tenía poco tiempo, de modo que fue directamente al grano.

—La apelación de Aaron Godman hará unos cinco años, señor Sadler. ¿Recuerda el caso?

El suave rostro de Sadler se puso tenso. Un diminuto músculo aleteó en el rabillo del ojo. Se quedó mirando a Pitt fijamente, la sonrisa congelada.

—Naturalmente que lo recuerdo, inspector. Un caso de lo más desagradable… pero se resolvió en su momento. No hay nada más que añadir. —Miró la esfera dorada del reloj de la chimenea, luego a Pitt—. ¿Qué le preocupa después de tanto tiempo? ¿No será esa pobre desgraciada, la señorita Macaulay? Me temo que el dolor la ha trastornado. Está obsesionada. —Apretó los labios—. Ocurre a veces, sobre todo a las mujeres. Sus cerebros no han sido creados para soportar esas tensiones. Una criatura un tanto desequilibrada, para empezar, histérica por naturaleza, una actriz, ¿qué se puede esperar? Es muy triste, pero también una molestia para los demás.

—¿Ah sí? —dijo Pitt sin comprometerse. Observó a Sadler con creciente interés. Era evidente que al hombre le iba muy bien: el mobiliario de su despacho era opulento, desde el artesonado del techo hasta la alfombra Aubusson del suelo. Las superficies brillantes, la tapicería nueva.

El propio Sadler parecía gozar de buena salud y estar bastante satisfecho con la posición que había alcanzado en la vida. Sin embargo, la mención del caso le incomodaba. ¿Era simplemente debido a los constantes esfuerzos de Tamar Macaulay por hacer que volvieran a investigarlo, con la implicación obvia de que el veredicto fue, si no incorrecto, al menos cuestionable? Eso bastaría para poner a prueba la paciencia de cualquiera. Pitt se sentiría desconcertado si alguien arrojara esas dudas sobre un caso que él hubiera investigado hasta llegar a una conclusión tan irreparable.

—No —dijo en voz alta al ver que Sadler se impacientaba—. No, no tiene que ver con la señorita Macaulay. Guarda relación con la muerte del juez Samuel Stafford.

—¿Stafford? —Sadler parpadeó—. No le sigo.

—El señor Stafford estaba investigando de nuevo el caso y vio a los principales testigos el día en que murió.

—Coincidencia —aseveró Sadler levantando ambas manos del escritorio y agitándolas como para desechar el asunto—. Le aseguro que Samuel Stafford era un hombre demasiado juicioso para que lo desconcertara una mujer persistente. Sabía bien, al igual que lo sabemos todos nosotros, que no había nada que investigar. La policía hizo todo lo posible en su día. Un caso extremadamente desagradable, pero llevado de forma admirable por parte de todos los implicados: la policía, el tribunal del juicio original y el de la apelación. Pregunte a cualquiera que esté al tanto de los acontecimientos, señor Pitt. Todos le dirán lo mismo. —Esbozó una amplia sonrisa y volvió a mirar el reloj—. Y ahora, si eso es todo, tengo una cita con el lord canciller esta tarde y debo prepararla. Tengo la oportunidad de hacerle un pequeño favor y estoy seguro de que usted no querrá que me descuide.

Pitt permaneció sentado.

—Por supuesto que no —afirmó, si bien no hizo ademán alguno de marcharse—. ¿Vino el juez Stafford a verlo un par de semanas antes de que muriera?

—Naturalmente que lo vi. Eso ocurre en el curso normal de nuestro trabajo, inspector. Veo a mucha gente: abogados, procuradores, otros jueces, diplomáticos, miembros de la Cámara de los Lores y de la Cámara de los Comunes, miembros de la familia real y de la mayor parte de las grandes familias de la nación, más tarde o más temprano. —Sonrió con franqueza, mirando a Pitt a los ojos.

—¿Le mencionó el caso el señor Stafford? —preguntó Pitt, tenaz.

—¿Se refiere al caso de Farrier’s Lane? —Sadler arqueó sus pálidas cejas—. No que yo recuerde. No habría motivo alguno para hacerlo. El asunto lleva cerrado cinco años o más. ¿Por qué quiere saberlo, inspector, si me permite que se lo pregunte?

—Me gustaría saber en qué se basaba para pretender reabrir el caso —se arriesgó Pitt.

Sadler se puso pálido, su rictus se endureció.

—Eso no es cierto, inspector. No pretendía hacerlo. De lo contrario, estoy seguro de que me lo habría dicho, teniendo en cuenta mi papel en la apelación. Le han informado mal… maliciosamente, debo decirle. —Le miró de hito en hito—. Le aseguro que no hizo mención alguna del caso, nada en absoluto. Y ahora, si me disculpa, estoy esperando mi próxima cita, un hombre de considerable distinción que desea referirme un asunto en extremo delicado. —Le dirigió una amplia sonrisa, un gesto forzado. Se levantó y le tendió la mano—-. Buenos días, inspector. Lamento no poder serle de ayuda.

Y Pitt se vio conducido a la antesala sin rechistar, incapaz de pensar en algo más que decir.